¿Le gustan las chicas por lo menos?, pregunta, sonriente, la delantal blanco. Tengo diez años y soy la ecuación que salió mal. Mamá y papá están hablando con la del diploma. O, visto de otro modo, la del diploma blanco diserta extendidamente como le enseñaron en algún sitio. Tengo diez años y estoy degollado. Mi cuerpo está ahí, en ese consultorio, mi mente; en mi antiguo hogar. Tengo diez años y soy extraditado. En un principio fue el lodo, no la tierra; el lodo. Tengo pocos años y me divierto mojando la tierra con un balde de agua para que se forme el lodo, porque en el lodo es más fácil comunicarse con las lombrices. No las mato, simplemente escarbo con un palito hasta que se asoma la cabeza. Tengo pocos años y soy el dios de las lombrices. Y las invito a que vengan a nuestro planeta, mientras las retengo entre mis dedos. Pero cuando las bajo ellas se van a lo hondo de su planeta, no les gusta el nuestro. Tengo poquitísimos años y siento la segunda sensación de insatisfacción. No le gusta el fútobl, sigue diciendo la señora anteojos. Tengo menos de diez años y soy uno de los tantos arqueólogos más jóvenes del mundo. Reviso debajo de cada piedra, de cada madera, de cada yuyo, en busca del habitante de ocho patas. Golpeo en la intersección entre el césped y el cemento de una pared; sé que ellas se esconden ahí. Pero a las arañas tampoco les gusta nuestro mundo, salen disparadas para esconderse en otro lugar. A igual que las hormigas, las mariposas, las vaquitas de San Antonio o las gatas peludas; todas huyen. Eso lo descubrís con el tiempo. Tengo menos de diez años, pero más de tres, y noto que los únicos que nos quieren son los mosquitos. Encima te hacen cosquillas en los brazos cuando te besan. No le gusta estudiar, sigue diciendo la anteojos. En un segundo principio fue lo que no está destinado a divertirte lo que me exiliaba de este hemisferio. Tengo menos de diez años pero más de cinco y ya soy piloto aeronáutico. Pero no se puede ser piloto aeronáutico todos los días, solamente cuando llueve y se inunda la calle de tu casa de cordón a cordón, sino no se vale. Soy dos hojas rechazadas de un árbol traidor luchando contra las olas de un océano de cien metros de largo y no más de cinco centímetros de profundidad. Y una siempre llega antes que la otra y yo siempre simpatizaba por la que nunca llegaba. Los días de no lluvia invento un planeta donde sus habitantes son corchos, broches, tapitas aplastadas, hilos, botellas de plástico y, si ando con ganas de hacer deportes, armo una pelota de papel recubierta por una media. No le gusta leer, sigue diciendo ya sabemos quién. Así era mi mundo hasta que llegó la civilización disfrazada de metralleta de plástico, autitos a pila, soldaditos de plomo. Tengo más de seis años y la planta de mi pie derecho es un martillo que aplasta armas, autos y soldados. Aunque después, a pesar de la resistencia de tu pie derecho, te socializan escondiéndote adentro de un aula, donde no hay lombrices, ni arañas, ni hormigas, ni hojas, ni ríos, ni corchos, ni tapitas, ni broches, ni nada, sólo personas. No le gusta jugar con los demás chicos. Tengo diez años y quieren reemplazar mi martillo por un cuaderno, una birome y un par de fechas. ¿Le gustan las chicas por lo menos? Tengo diez años y no soy ni siquiera autista, artista o anarquista. Soy un experimento de la civilización, de la ciencia, de las palabrerías. Tengo diez años y extraño mi planeta, al que nunca volveré porque dicen que allí hay una dictadura, en cambio acá hay libertad. Libertad. Pero eso no lo dice la de anteojos blanco diploma sonriente. Eso lo sé solamente yo por unos informes que me llegan de vez en cuando desde mi antiguo imperio. Tengo diez años y debo tragarme los comunicados clandestinos para que no descubran que la resistencia todavía no ha caído.