LA HOMBRE DE LA BOLSA

Le digo a Max que si es tan bueno como ella afirma voy a escribir una teoría sobre la asfixia. Un ensayo sobre la eyaculación y el oxígeno. Sobre la muerte evacuando en la cara de la vida. Sobre un montón de cosas así. Pero por favor seguí. Que siga. Con una bolsa en la cabeza. Así me lo imaginaba. Una bolsa de cal, arrugada y sucia, y con dos agujeros negros en donde se ocultan los ojos. Debajo, una cara sin piel. Gusanos atravesando las autopistas de las venas. Sangre chorreando de las cavidades oculares. Goteando pus de la nariz. Escupiendo moco de la boca reventada a martillazos y en el cogote, en el cogote una cicatriz de alambre de púa. Aunque en realidad le quisieron cortar el cuello con un serrucho. De oreja a oreja. ¿Quién? Nadie lo sabe. Pero todos lo vieron. Eso sí. Mamá me reta. Vive retándome, ahora que lo pienso. Dice que tengo que portarme bien. Que los chicos educados no se meten los dedos en la nariz. Que las copas y los vasos no son para romper a cascotazos. Que los platos no se tiran contra la pared. Que no hay que escupir a las personas, y menos a tus hermanas menores. Que no hay que patearles el hocico a los perros. Que no hay que agarrar a los gatos de la cola y despellejarlos. Que el pito tiene que estar bien guardado. Que no se le levanta las polleras a las chicas. Y menos si son tus primas. Que no insulte a las personas. Que no, que no, que no. Que tampoco. Que me porte bien, que deje de correr, que estudie. Que haga algo y que lo haga bien, sino el hombre de la bolsa, apenas se apaguen todas las luces y se callen todos los ruidos, vendrá a buscarme. A mí. Sí, a mí. Eso dice mientras acomoda mi almohada y envuelve mi cuerpo en la frazada como si estuviera empaquetando un pedazo de queso fresco. A diferencia de mi madre, Max no envuelve mi cuerpo. Le gusta verme destapado, desnudamente destapado. A la almohada le da otras utilidades. La aprisiona entre su pubis mientras se contrae en una danza endemoniada o sino me tapa la cabeza y me da puñetazos. La misma almohada en la que hasta hace algún tiempo un tal Ratón Pérez dejaba unas monedas (nunca un billete) por el simple hecho de que se me caían un par de dientes. Max dice que el ratón Pérez en realidad es un pedófilo hijo de una gran puta. Que a ella le manoseó sus partes íntimas con los diez dedos. Aunque los ratones no tengan diez dedos, Max dice que sintió diez dedos bien adentro de su cuerpo. O cinco, pero dedos de los grandes. Lo mejor de todo es que le gustó. Pero el Ratón Pérez no viene todos los días, se lamenta Max. Salvo cuando se te cae un diente. Por eso Max intentó arrancarse varios, tras interminables noches de insomnio y abstinencia, pero más que sangre no le salió nada. Max dice que cuando sos viejo es sabido que se te cae algún que otro diente, o el comedor entero, y que no viene ningún Ratón Pérez con ningún regalo. Porque al Ratón Pérez le da asco la decadencia. Y dice Max que en la calle también te parten los dientes a patadas, como a ella una vez, pero no fue en la calle, sino en la cama. En la cama de un telo al costado de una ruta. De una ruta al costado de una ciudad. Ahí mismo. Un hombre se enojó y le aplastó la mandíbula a pisotazos, pero no le arrancó ni una muela. Le quedaron flojos. Nada más que flojos. Y Max se arrancó uno con el destapador para comprobar si esa noche aparecía el famoso ratón Pérez. Por eso a Max le faltan tres dientes, de los cuales uno me lo regaló a mí cuando le dije te amo. Si me amás tanto, tragátelo. Yo nunca le dije que la amaba tanto, simplemente le dije que la amaba. De todos modos me lo tragué. Y esa noche fui su ratón Pérez. Siempre soy lo que ella quiere que sea. Qué es lo que hace un ratón con todos los dientes de todas las bocas de todos los nenes y nenas nadie lo sabe. Quizá una casa. Sí, quizá eso. Una casa. Hay palacios que son de oro, por qué no puede haber una casa levantada con ladrillos de dientes. Una casa de muelas cariadas y malolientes. Una casa de marfil oxidado. Las encías son las ventanas. Es la primera vez que oigo hablar sobre eso, entonces le pregunto qué es lo que hace el hombre de la bolsa. ¿Trae caramelos en la bolsa? No, no trae caramelos. Trae dos gramos de magia para que Max pueda sobrellevar estos días tan desesperadamente pesados. Porque Max siente cuatro grilletes en sus dos tobillos. ¿Y por qué se tapa la cabeza con una bolsa, una bolsa de cal? No es una bolsa de cal, y tampoco se tapa la cabeza. Es una bolsa arpillera que lleva arrastrando para guardar a los chicos que se portan mal con sus padres, como vos. Sí, como vos. Max me pregunta si quiero ver un muerto. Un cadáver. Un fiambre enfriándose. Dice que puedo escribir sobre eso. No todos los días te cruzás con un pedazo de carne inerte. Le digo que en mi corta vida ya vi varios muertos; a todos mis abuelos, a un primo, al hermano de un amigo, a un amigo de la adolescencia. Que nada de eso me hizo escribir mejor. Max me dice que este cadáver que tengo es distinto, porque ella lo mató. Aunque decir matar no aclara las cosas. Max a veces exagera demasiado. Yo le digo que por las dudas cierren la puerta con llave. La puerta de mi pieza. Dándole a entender que no me importa que el hombre de la bolsa los agarre a ellos. Pero a mí no, por favor. Mamá se enoja y me dice que el hombre de la bolsa no entra por la puerta. Que sale de abajo de la cama. Si, de abajo de la cama. Tu cama. Le pedí, por favor, por favor, le pedí que se fijara si ya estaba ahí. Me dijo que si le prometía que me portaba bien se fijaba. Claro que le dije que sí. Y le mentí otra vez. Como a Max cuando le confesé que la amaba. Yo no amo. Nadie puede amar. Nadie puede amar a Max. Nadie puede amarme a mí. Nadie puede/debe/necesita amar. Si apenas saben cagar. Últimamente no me estuve portando demasiado bien. Tiene razón mi madre. Tiene razón mi padre. Por ese motivo son mis dueños. Mis jefes. Mis enemigos. Max no es nada de esto. Max es mejor. Le gusta arrancar uñas. Clavar alfileres en los huevos. Las velas. La cera. El fuego. Un codazo en el ojo. Morder orejas y de ser posible masticar tímpanos. Pero es imposible masticar tímpanos. Ya lo comprobó. Ya lo comprobé. Max me dice que cuando sea grande quiere ser chico. Quiere más fuerza y puños más grandes. Quiere pegarle a las mujeres. Quiere destruir mujeres porque los hombres se destruyen a sí mismos. Si es que ya no vienen destruidos. Porque el útero lo destruye todo. Max dice que los hombres no valen la pena. Por eso ella quiere ser hombre. Y que no me enamore de ella porque Max no vale ni una moneda. Y que ella, aunque no quiere morir, ya está muerta. Que la vida la mató. Que la vida termina matando todo lo que vive. Que la vida es un cáncer y que vivir es despertarlo. La madre de Max murió de cáncer mandibular cuando Max la única palabra que sabía decir era mamá. ¿Y para qué te sirve aprender otras palabras si las palabras y las cosas nunca están unidas? ¿Entendés algo de lo que te digo? Después viví con el Ratón Pérez hasta que me fui de casa. A los trece. ¿Sabés lo que es tener trece años y que te sangre la cajeta y que no sepas por qué y que no tengas para comer y que llueva y que no tengas para comer bajo la lluvia y que los hombres te manoseen a cambio de un mísero plato de fideos, que nunca está bien cocidos? ¿Sabés cómo te quedan los pulmones de tanto poxirrán, que te salía más barato que una hamburguesa? ¿Y el estómago? Me quedó del tamaño de una cajita de fósforos aplastada. Y el cerebro. Y la nariz. Y la boca. Mis dientes. Las tetas. El culo. La concha. Los dedos de mis pies parecen clavos torcidos. No, nunca me hablaron del hombre la bolsa, dice Max. Eso es para nenes y nenas de escuelas privadas. Privadas de la libertad. De la mugre. Del humo. De las calles. Del cáncer. No, nunca me hablaron del hombre la bolsa, qué querés que te diga. Yo le tenía miedo a Dios. Porque cuando estás en la calle todos se te acercan en nombre de Dios y todos terminan rompiéndote el culo en nombre de Dios y de todos los santos. De hecho, creo que una vez lo vi, al mismísimo jefe. Al tirano. Al dictador. Y no sé si él también me metió los diez dedos hasta el esófago. Aunque parecían veinte. Pero alguien fue. Alguien enorme. Del tamaño de Dios. Dios, masculino, hombre, ¿entendés? ¿Y? ¿Qué te parece? Es la primera vez que veo algo así. No me refiero al muerto, sino al cuerpo todavía cálido aunque no tan cálido como la entrepierna de Max. La entrepierna de Max es el mismísimo sol. Por eso la amo. Por eso todo el mundo la ama. Por eso nadie la sabe amar. ¿Querías ver un muerto? Ahí tenés uno, me dice Max. Lo maté con mi boca. Mentira. Lo mató con la bolsa. Dos veces mentira. No lo mató; fue un accidente. Max se toma una línea mientras yo veo el cuerpo raquítico de un hombre de cuarenta y tantos años (cuarenta y tres, me dice Max), el cuerpo raquítico de un hombre de cuarenta y tantos años acostado en la cama. Tiene las muñecas amarradas a los barrotes con un cinturón de cuero negro. Ciento cincuenta pesos ese cinturón de cuero negro. Su cabeza es negra porque tiene una bolsa de basura encima. Cerrada a la altura del cuello con una media de nylon. La bolsa está pegada al cráneo. Desinflada. Sin forma. Mojada. ¿En qué estás pensando? Su pija luce como una salchicha escondida en una ensalada de pelos negros. Somos tan insignificantes, dice Max. Yo le pregunto qué pasó. Sentáte en el sillón y te cuento. Sacáte la ropa y te cuento. Cerrá los ojos y te cuento. Elegí respirar o vaciarte y te cuento. El hombre de la bolsa ya no tiene la bolsa en la cabeza. Tengo yo la cabeza en la bolsa. Y Max me dice, con lo poco de boca que le queda, Max me dice que esto es lo mejor que me puede pasar en mi insignificante vida. Que todo eso del oxígeno es pura mierda.   

DE LA RESISTENCIA

¿Le gustan las chicas por lo menos?, pregunta, sonriente, la delantal blanco. Tengo diez años y soy la ecuación que salió mal. Mamá y papá están hablando con la del diploma. O, visto de otro modo, la del diploma blanco diserta extendidamente como le enseñaron en algún sitio. Tengo diez años y estoy degollado. Mi cuerpo está ahí, en ese consultorio, mi mente; en mi antiguo hogar. Tengo diez años y soy extraditado. En un principio fue el lodo, no la tierra; el lodo. Tengo pocos años y me divierto mojando la tierra con un balde de agua para que se forme el lodo, porque en el lodo es más fácil comunicarse con las lombrices. No las mato, simplemente escarbo con un palito hasta que se asoma la cabeza. Tengo pocos años y soy el dios de las lombrices. Y las invito a que vengan a nuestro planeta, mientras las retengo entre mis dedos. Pero cuando las bajo ellas se van a lo hondo de su planeta, no les gusta el nuestro. Tengo poquitísimos años y siento la segunda sensación de insatisfacción. No le gusta el fútobl, sigue diciendo la señora anteojos. Tengo menos de diez años y soy uno de los tantos arqueólogos más jóvenes del mundo. Reviso debajo de cada piedra, de cada madera, de cada yuyo, en busca del habitante de ocho patas. Golpeo en la intersección entre el césped y el cemento de una pared; sé que ellas se esconden ahí. Pero a las arañas tampoco les gusta nuestro mundo, salen disparadas para esconderse en otro lugar. A igual que las hormigas, las mariposas, las vaquitas de San Antonio o las gatas peludas; todas huyen. Eso lo descubrís con el tiempo. Tengo menos de diez años, pero más de tres, y noto que los únicos que nos quieren son los mosquitos. Encima te hacen cosquillas en los brazos cuando te besan. No le gusta estudiar, sigue diciendo la anteojos. En un segundo principio fue lo que no está destinado a divertirte lo que me exiliaba de este hemisferio. Tengo menos de diez años pero más de cinco y ya soy piloto aeronáutico. Pero no se puede ser piloto aeronáutico todos los días, solamente cuando llueve y se inunda la calle de tu casa de cordón a cordón, sino no se vale. Soy dos hojas rechazadas de un árbol traidor luchando contra las olas de un océano de cien metros de largo y no más de cinco centímetros de profundidad. Y una siempre llega antes que la otra y yo siempre simpatizaba por la que nunca llegaba. Los días de no lluvia invento un planeta donde sus habitantes son corchos, broches, tapitas aplastadas, hilos, botellas de plástico y, si ando con ganas de hacer deportes, armo una pelota de papel recubierta por una media. No le gusta leer, sigue diciendo ya sabemos quién. Así era mi mundo hasta que llegó la civilización disfrazada de metralleta de plástico, autitos a pila, soldaditos de plomo. Tengo más de seis años y la planta de mi pie derecho es un martillo que aplasta armas, autos y soldados. Aunque después, a pesar de la resistencia de tu pie derecho, te socializan escondiéndote adentro de un aula, donde no hay lombrices, ni arañas, ni hormigas, ni hojas, ni ríos, ni corchos, ni tapitas, ni broches, ni nada, sólo personas. No le gusta jugar con los demás chicos. Tengo diez años y quieren reemplazar mi martillo por un cuaderno, una birome y un par de fechas. ¿Le gustan las chicas por lo menos? Tengo diez años y no soy ni siquiera autista, artista o anarquista. Soy un experimento de la civilización, de la ciencia, de las palabrerías. Tengo diez años y extraño mi planeta, al que nunca volveré porque dicen que allí hay una dictadura, en cambio acá hay libertad. Libertad. Pero eso no lo dice la de anteojos blanco diploma sonriente. Eso lo sé solamente yo por unos informes que me llegan de vez en cuando desde mi antiguo imperio. Tengo diez años y debo tragarme los comunicados clandestinos para que no descubran que la resistencia todavía no ha caído.